12 Abril 2026

Un intento de robo en una tienda de ropa del centro de San Francisco Solano vuelve a poner sobre la mesa una realidad que ya no sorprende, pero sí preocupa cada vez más. Los protagonistas: menores de edad que se mueven con soltura en escenarios delictivos, como si nada los frenara.

Lejos de tratarse de un hecho aislado, estos episodios se repiten con una frecuencia alarmante. Cada vez son más chicos y cada vez más expuestos a un circuito donde la violencia y el delito parecen naturalizados. La sensación de impunidad no es solo percepción: es parte del problema.

Las explicaciones simplistas no alcanzan. La crisis económica profundiza desigualdades, la falta de políticas de prevención deja vacíos evidentes, y los mecanismos de contención social no logran llegar a tiempo. Pero también hay responsabilidades que no se pueden esquivar: el rol de los adultos, de las familias, de un entorno que muchas veces está ausente o desbordado.

La imagen de uno de los chicos, que no aparenta más de 13 o 14 años, es un golpe directo a la realidad. No se trata de discutir únicamente la edad de imputabilidad, sino de entender por qué un menor llega a ese punto. El problema es más profundo y estructural. Si no se aborda desde todos los frentes —social, económico, educativo y familiar—, estos hechos seguirán multiplicándose sin solución a la vista.

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