11 Junio 2026
La decisión de las autoridades de un club de Mar del Plata de expulsar a dos equipos de un torneo por hechos de violencia vuelve a poner sobre la mesa un problema que atraviesa a toda la sociedad. Aunque ocurrió en esa ciudad, situaciones similares se repiten a diario en distintos puntos del país. La violencia no es patrimonio de pobres ni de ricos: es el reflejo de una sociedad que parece perder el valor del diálogo y el respeto por los demás.
Lo preocupante no es solamente que ocurran episodios violentos, sino que muchos comienzan a naturalizarse, como si la agresión fuera una respuesta aceptable frente a los conflictos.
Esa lógica se repite en distintos ámbitos: en una cancha de fútbol, en una discusión en la calle, en las redes sociales y también cuando desde el poder se promueven discursos cargados de odio y descalificaciones. Una democracia fuerte necesita debate, pero nunca violencia.
En los últimos años hemos visto jubilados, personas con discapacidad y trabajadores reprimidos durante reclamos, mientras una parte de la sociedad lo justifica y otra lo condena. El resultado es una comunidad cada vez más dividida, donde parece importar más derrotar al otro que encontrar soluciones.
Los delincuentes deben ser perseguidos y juzgados por la Justicia. Pero combatir el crimen no puede significar fomentar el odio ni convertir la violencia en una herramienta política o social.
Necesitamos dirigentes, instituciones y ciudadanos comprometidos con la convivencia. Es tiempo de recuperar el diálogo, rechazar la violencia venga de donde venga y entender que pacificar no es debilidad: es responsabilidad.
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